Si pudiera uno quitarse el cuerpo,
dejarlo recargado en una barda,
irse nomás la sangre
caminando por la banqueta,
pateando piedras y botellas.
Llamar a los perros con chiflidos
para palmearles el lomo.
Mirar los cláxones sonar
desde un puente
(¿que tan lejos se puede ir?)
hasta que se haga de noche
y las ráfagas prendan las luces
(¿quién puede mirar algo?)
Nada más.
Regresar al cabo por el cuerpo
sobre la barda
¿será el mismo?
¿No habrá bajado ni una vez los párpados?
Quién sabe.
Ya vamos otra vez completos,
erguidos e idiotas,
por la orilla de la carretera
o sobre los mismos rieles
a nuestras casas.
Prendemos la luz
y ahí está la sala sola.
Y nuestro cuerpo.
Mirar los cláxones sonar
desde un puente
(¿que tan lejos se puede ir?)
hasta que se haga de noche
y las ráfagas prendan las luces
(¿quién puede mirar algo?)
Nada más.
Regresar al cabo por el cuerpo
sobre la barda
¿será el mismo?
¿No habrá bajado ni una vez los párpados?
Quién sabe.
Ya vamos otra vez completos,
erguidos e idiotas,
por la orilla de la carretera
o sobre los mismos rieles
a nuestras casas.
Prendemos la luz
y ahí está la sala sola.
Y nuestro cuerpo.
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