Así solía decirme mi padre en no sé qué circunstancias. Yo era un niño y no me preocupaba como ahora por la semántica ni por la pertinencia de las palabras. No hace mucho, ya como hombre, se me presentó la frase a modo de pregunta ontológica: caminaba las viejas calles del centro en compañía de una mujer y la inquirí de pronto, con torpeza y gratuidad: ¿a dónde ha de ir el buey que no are?
Es decir, si uno no hace lo que ha venido a hacer a dónde dirige los pasos, qué destino le espera más allá del absurdo… Búsqueda esencial: ¿qué soy, qué hago?
Luego, entre bromas y veras, formulaba la pregunta a amigos y compañeros, cada uno daba una respuesta distinta, según su propia experiencia, a grado tal que podría contemplarse como test sicológico: “la prueba del buey”, se llamaría quizá… Comprendí luego que la pregunta me había buscado, que si inquiría a las personas que me rodeaban era porque yo mismo tenía la inquietud. ¿Cuál era mi arado? ¿Cuál mi coyunda? ¿En qué tierra fértil?
No hace mucho miraba revolotear zopilotes en las entrañas de una mujer. Acudí a ella en busca de reconocimiento y complicidad. Cometí la impericia de anhelar con los ojos cerrados y las manos abiertas. Me lancé a fotografiar al mundo con la intención de envolverlo para regalo. Nada obtuve, salvo la certeza de que estoy hecho para observar.
Del trabajo a casa me extravío en calles cuyo nombre anuncian fierros retorcidos y oxidados, las banquetas tienen grietas y orines de perro. En ellas se desplazan los ciudadanos movidos por la costumbre de comer. ¿Quién delineó estos planos y qué estaba pensando? ¿Fuimos arrojados a esta jaula enorme para dar vueltas de un lugar a otro cotidianamente?
Desde un quinto piso miro las nubes sobre la ciudad. Hay máquinas que vuelan y se arrastran; hay algo de sensibilidad todavía en mis contemporáneos, pues no es infrecuente que una risotada suba hasta mi aposento. Bebo cerveza y miro el televisor. Lloro a veces de puro gusto, conmovido por el silencio, por el rumbo que toma la cannabis en mi emoción. Trazo con el índice líneas punteadas de realidades que no existen: frases, imágenes… Soy un diletante del ocio. Abro el cuaderno y sé que me espera la ficción de una novela. Abro los ojos y ahí está mi nikon.
¿A dónde ha de ir el buey que no are?
Al ocio creativo, a la terrible certeza de una calle colmada de desconocidos. A una fotografía que nunca será tomada porque siempre habrá algo más a la vuelta de la esquina. A páginas siempre vacías.
Estoy hecho de palabras, imágenes y anhelos.